Cuando no estés aquí

«¡Llévate tus cosas!» gritaste y me lanzaste el reloj que tenías sobre la mesa; lloraste y tu rostro se volvió rojo. Nunca supe si fue ira o tristeza.

Estabas tan metida en tu dolor que pisaste mis lentes, después de unos minutos me sentí invisible, como si estuvieras peleando con la pared; yo sólo pude quedarme sentado en el pasillo, ya ni siquiera me mirabas, solamente te sentaste y dijiste que esto era lo mejor.

Ahí supe que todo había terminado, recogí las monedas del suelo, ésas que te regalé después de que hicimos un viaje, y sin más salí de la casa.

-Sandra G

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