Pedazos de mujer

El test de Bechdel o cómo medir estereotipos en la industria del cine

En literatura, a menudo, cuando se habla de obras escritas o protagonizadas por mujeres, se piensa que las temáticas están relacionadas con amor, belleza o asuntos relacionados a la feminidad, “cosas de mujeres”; sin embargo, esta categoría es un mero prejuicio que sólo contribuye a restarle importancia a dichas obras.

En el cine, sucede algo parecido, ahora mismo, pensando en películas con actrices como protagonistas no se me ocurren más que películas de romance, haciendo un trabajo de memoria un poco más profundo la mayoría tiene que ver con una historia que fluye o continua por la relación con un hombre. 

Las películas suelen contribuir a la distribución de estereotipos sexistas, por ello, y para revisar la presencia de estos en el cine se creó el test de Bechdel. Su aparición fue a través de la tira cómica Unas lesbianas de cuidado de Alison Bechdel, en 1985, su invención se atribuye a Liz Wallace, amiga de dicha autora. 

El test contiene tres preguntas que en apariencia parecen muy simples:

  1. Aparecen al menos dos personajes femeninos. 
  2. Estos personajes hablan una a la otra en algún momento. 
  3. Esta conversación trata de algo distinto a un hombre

Estas tres preguntas son el comienzo para plantearnos la relevancia de los personajes femeninos en el cine. Pensando en la trilogía de El señor de los Anillos, porque son las últimas películas que vi y además he visto varias veces, de manera individual, ninguna de las tres películas pasa del punto número 1. Hablando como trilogía, podríamos decir que sí, que existen tres personajes femeninos a lo largo de los filmes; hay elfos, orcos y criaturas fantásticas, pero no mujeres.  Y, hablando del punto número dos, nunca cruzan palabra. 

Su función en la historia es diferente, pero una de ellas, Arwen existe y es mencionada sólo para hablar de la relación con uno de los personajes. Galadriel, aparece sólo una vez para darle un objeto al héroe de la historia y Éowyn, tiene sólo un par de escenas, dentro de las cuales se encuentran la famosa pelea contra el Nazgul y el “no soy un hombre”, y la de su boda con otro personaje.

Haciendo un ejercicio, como el planteado por Nerea Pérez en su Feminismo para torpes (2019), en el que plantea se realice el mismo ejercicio, pero de manera inversa en series en las que hay más personajes femeninos o de temática feminista podemos darnos cuenta de por qué esto es problema. 

Por ejemplo, Anne with a e, hay más de dos personajes masculinos. Entablan conversaciones entre ellos y no sobre mujeres. Como plus, Gilbert, coprotagonista de la serie, no existe sólo en función de su relación con Anne. Vis a Vis, por otro lado, es un sí a las tres cuestiones; WandaVision también; en Enola Holmes se pasa el test, al igual que en She-ra y las princesas del poder. Así como El cuento de la criada y El mundo oculto de Sabrina.

Como lo explica Nerea:

“La ficción es importante porque a la vez refleja nuestra visión del mundo y la conforma. Consumir historias significa ponerse delante de un espejo y, en el caso de las mujeres, ese ha sido un espejo de feria que nos ha devuelto una imagen distorsionada, esquemática y reducida; un espejo que en lugar de multiplicar, resta”.

Por ello es importante analizar y visibilizar estas diferencias, para que las niñas y adolescentes no crezcan teniendo como referentes a personajes que son sólo la madre, la damisela en apuros o la solterona esperando ansiosamente alguien que la despose.

-Diana Oliva

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La onda es que me salves, nena

Primero, una confesión. Cuando comencé a escribir este ensayo hice una breve introducción sobre cómo fue que impactó el rock en la cultura juvenil de los años 60, lo cual se vio reflejado en la literatura mal-llamada de la onda, error que algunos académicos aún no le sueltan a la teórica mexicana Margo Glantz.

Comencé así, diciendo que los que parecían ser opuestos, The Beatles vs The Rolling Stones, en realidad buscaban apropiarse de cuerpos femeninos, sólo que unos resguardados en frases bonitas, como sostener las manos de la enamorada, mientras que los otros endiosaban a una mujer inexistente que aludía al consumo de la marihuana. Luego escribí cómo el comportamiento machista que ambas bandas comparten no fue innovador, que eso ya se tenía en corridos, boleros y demás canciones de origen bien mexicano… pero me detuve. Me detuve porqué en realidad no quería hablar del rock, ni de la buena o mala influencia que dejó en el mundo, en específico en México, ni siquiera me interesaba diseccionar sus letras. Yo quiero hablar de una obra “olvidada” una novela que “rompe discursos” la novela “de la locura”, Pasto verde (Diógenes, 1968) del mexicano Parménides García Saldaña. 

Había comenzado con el nada breve resumen del rock, la misoginia en la música desde ¿siempre? Porque hablar de Pasto verde es hablar de rock, en especial del Aftermath (1966) de The Rolling Stones. García Saldaña o “Par”, como registran algunos escritores (José Agustín y Elena Poniatowska) gustaba que le llamaran sus allegados, fue un escritor que, según los conocimientos populares que poseemos sobre salud mental en la actualidad, lo clasificaríamos con alguna patología, entre ellas la esquizofrenia, la cual agravó por su excesivo consumo de alcohol y otras drogas. Además, de padecer una severa misoginia (intentó asesinar a su madre en dos ocasiones).

La leyenda de Par se consolidó cuando murió en un hotel de pocas estrellas en 1982, a los apenas 38 años de edad. Le han dado varias etiquetas: beat, ondero, poeta maldito mexicano, incomprendido, poseedor de una pluma adelantada a su tiempo. A esto yo puedo agregar que, en efecto, su obra fue total y completamente malinterpretada desde el principio, tanto por aquellos que decían que Pasto verde no tenía sentido, como por los que dijeron que “rompía con todo lo establecido”. Pasto verde no rompió, porque no pudo, porque no sabía, porque no le importaba, porque nadie le dijo, con el machismo de la época.

García Saldaña, a quien no le diré “Par” como la mayoría de los artículos “académicos” o notas conmemorativas lo hacen, siguió el rock, en donde ponía toda su fe, así reafirmó, adaptó, o bien describió el amor romántico en la contracultura. Mayoritariamente influenciado por el primer disco de los Stones en Pasto verde, (los menciona, alude o cita en más de cincuenta ocasiones a lo largo de las casi 150 páginas que dura la novela), García Saldaña replica el modelo de amor, y por ende desamor, que cantaban los británicos: la mujer está para curar (en el contexto de la onda de García Saldaña léase “coger”), cuando se va (sin coger) es una puta, buena para nada que utilizó el corazón (o cartera) del pobre hombre con el que estuvo. 

El narrador de Pasto verde se llama Epicuro, bautizado así para aludir al filósofo homónimo a quien se le adjudica el hedonismo, es decir, el dedicarse a los placeres del cuerpo. Epicuro por ende, persigue la satisfacción de su cuerpo, en manejar sin precaución y velozmente los autos de sus amigos, en beber, fumar y drogarse en exceso, pero en especial en buscar una “niña bien”, o sea una joven de clase media como él, con la cual acostarse, aunque cuando ellas no quieren (spoiler: ninguna se acuesta con él) acude con prostitutas (obvio) y las maldice mentalmente. Maldiciones que duran páginas, que abarcan casi el 70% de la novela, siendo el otro 20% citas y alusiones a The Rolling Stones y el 10% restante a burlas al gobierno del México de los 60. Así, Pasto verde en realidad es una novela del muchachito ardido que no pudo coger, que no pudo seducir a su vecina de la Narvarte, es para ponerlo elegante: la novela del desamor. 

Desamor que encuentra su cuna en letras como las siguientes: 

Under my thumb
Is a Siamese cat of a girl
Under my thumb
She’s the sweetest, hm, pet in the world

It’s down to me
The way she talks when she’s spoken to
Down to me, the change has come
She’s under my thumb
Ah, take it easy babe
Yeah

Under my thumb- The Rolling Stones

Epicuro repite: “Dominada nena, dominada Escuerina, tú que me dijiste que no, viéndome sobre el entarimado rocanroleando, pero ahora sí muérete […] Las nenas deliran por mí. Los cuates piden otra. Yo, muy cool […]” (García, 1975, p. 118). La cita anterior es una de las ocho veces en que Epicuro registra su fantasía/alucinación/sueño (pues la narración es tan confusa que no explica de qué categoría narrativa se trata) de venganza contra una de las cuatro mujeres que “jugaron” con sus sentimientos. Ese cruel juego era que las mujeres no le daban “la prueba de amor” ¿suena conocido? 

Así es, en la contracultura dibujada en Pasto verde el amor verdadero sólo es verdadero si la mujer entrega su sagrada y sanadora virginidad al buen joven antisistema agónico ondero amante del rock. No sólo tener sexo con él, no, la joven debía ser virgen, como les enseñaron los padres a esos rebeldes onderos que rompían con todas las buenas costumbres: […] pero por tu vagina cabe todo un regimiento, ¿a quién querías engañar? Doña Puñales […]” (García, 1975, p. 138).

Ahora esta terrible caída de la joven no virgen y/o que no desea entregar su virginidad al varón es tal porque el ascenso al poseerla tiene valores casi místicos. Epicuro y García Saldaña (porque recordemos que en literatura por mucho que se parezca narrador y autor NO son la misma cosa) coinciden en este valor sagrado al himen femenino, a pesar de que el autor, García Saldaña reconoce lo absurdo de esta concepción en su libro posterior de ensayos En la ruta de la onda (Diógenes, 1972): “[…] toda la estructura economicasociomoral establecida en el himen […]” (García, 1986, p. 93). 

A pesar de tratarse de dos entes distintos, es evidente que García Saldaña transmite o bien expresa las siguientes creencias a su narrador: “El Chavo [ondero] no posee nada […] Haciendo el amor descubrirá quién es. En las múltiples y complejas sensaciones del acto sexual tratará de encontrar su nueva persona […] En el sexo de la mujer, en su reincidencia, está el secreto de la onda […] En la onda, la mujer ya no es el orden, sino la libertad […]” (García, 1986, p. 73). Epicuro está convencido de que su única salvación la encontrará en el sexo femenino, ya que en varias ocasiones pide a una mujer, la que sea pues sólo la nombra “nena”, lo salve teniendo sexo con él: “Te necesito nena no me dejes caer quiero hacer el amor contigo nena ven […]” (García, 1975, p. 74). Epicuro en verdad cree que él sólo tiene amor que ofrecer y que las mujeres lo rechazan por no tener dinero ni auto, porque no desean salir de la vida “fresa”, no porque lo más probable es que se embaracen y queden marginadas, fuera de la sociedad y tratados por todos, incluso los onderos, como putas, despreciadas, inválidas, sin derecho a siquiera hablar. 

El auge de este endiosamiento al sexo femenino no es nuevo ni en la onda, ni en las letras de los Stones, responde a una tradición occidental católica que precisamente aprisiona el sexo, y por ende el placer femenino. Lo sagrado no debe tocarse, a menos de poseer los permisos debidos, como expone Marcela Lagarde en su afamado libro Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. (Siglo XXI, 2015). Es por esto que en el contexto contracultural, no es raro encontrar similitudes entre que lo sagrado, místico, valioso, adquiera cuerpo femenino, se adore, admire, aprecie (¿aprisione?). Así encontramos letras “románticas” como:

Oh, my sweet Marie
I wait at your ease
The sands have run out
For your lady and me
Wedlock is nigh my love
Her station’s right my love
Life is secure with Lady Jane

Lady Jane- The Rolling Stones

Donde la semejanza fonética delata que la canción es más bien dedicada a la marihuana. Este misticismo femenino a la marihuana lo repite también el narrador de Pasto verde: “[…] Dulcinea María /Ella te trata bien / Ella sólo te escucha […]” (García, 1975, p. 69).

Es común encontrar textos del presente siglo que idolatren Pasto verde, la mayoría escritos por hombres, y que deciden pasar por alto o dar como obvio el machismo que posee. Más allá de ser “normal” para su época es de llamar la atención que replica modelos de enamoramiento y amor, en particular para cómo las mujeres debían amar a los hombres, que provenían de generaciones anteriores. Lo único que los diferencia es que los onderos no proponen matrimonio, de ahí en fuera la posesión del cuerpo femenino y la falta de interés en sus actividades, gustos y pensamientos queda de lado. El propio Epicuro cuenta de relaciones con otras dos jóvenes con quienes compartía intereses, pero que lo dejan por su insistencia en el sexo extramatrimonial, un lujo que pocas, o ninguna podía darse en su época. 

Hoy la onda dejó sus huellas, el rock también, sin duda, hoy ya no nos casamos para tener sexo, hoy ya no despreciamos a las mujeres por no querer acostarse con un hombre después de que éste “les invitó” al cine o a comer. Hoy tampoco humillamos o avergonzamos a las mujeres por mostrar su vida sexual, sus cuerpos, no, ya no. No, hoy ya no somos tan misóginos y machistas como lo fue García Saldaña, por eso lo escribir así, por eso debe seguir siendo leído, estudiado, por eso lo incomprendieron, pobre buen hombre de su época, pobre transgresor…

-Rebeca M. Aragón

BIBLIOGRAFÍA:

Agustín, J. (2003a). Epílogo «El Rey Criollo, medianamente soy yo». En García, S. P., El rey criollo. (pp. 171 – 177), Ciudad de México: Planeta, booket.

Agustín, J. (28 de diciembre 2003b). El poema de Parménides. Reforma, p. 12.

García, S. P. (1975). Pasto verde. México: (2da ed) Diógenes.

García, S. P. (1986). En la ruta de la onda. México: (3ra ed) Diógenes

Glantz, M. (1971). “Onda y escritura: jóvenes de 20 a 33”. Cervantes Virtual. http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/onda-y-escritura-jovenes-de-20-a-33–0/html/c6a83f9b-dd2a-4036-9f90-127d008e44f4_5.html

Glantz, M. (1976). La onda diez años después: ¿epitafio o revalorización?. [Versión electrónica] Recuperado de https://cdigital.uv.mx/bitstream/handle/123456789/7265/19765P88.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Lagarde, M. R. (2015). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. México: (2da ed) Siglo XXI.

Oliva, J. C. (17 de diciembre 2018). ‘Pasto verde’, la legalización de Parménides García Saldaña.  El país. Recuperado de: https://elpais.com/cultura/2018/12/15/actualidad/1544842231_523077.html  Poniatowska, E. (1986). La literatura de la onda: ¡Así como te has portado yo no me retrato contigo, vida!. En ¡Ay vida, no me mereces! (pp. 167 – 213). Joaquín Mortiz: Distrito Federal

La humedad de la noche

5 tenebrosos hoteles del mundo que cumplirán todas tus fantasías de  Halloween - VIX

El viaje había sido largo y necesitaba un lugar donde dormir. No puse ninguna objeción al entrar a ese hostal de techos altos, tejas quebradas y plantas cenizas. No me perturbo aquella anciana que me dio las oxidadas llaves de la habitación, lo único que quería era descansar. Ya era muy tarde y no tenía ánimos de explorar el pueblo en busca de algo más confortable.

La puerta de la habitación no necesitaba llave, cedió a un pequeño empujón; al abrir, me llegó de golpe ese olor. La humedad era insoportable, las paredes se caían a pedazos, con un crujido parecido al grito de un niño. Esa maldita humedad corroía cada resquicio, cada trozo de adobe, cada loseta.

Me sentía muy cansada, la noche era fría y las aves nocturnas no dejaban de silbar con su fastidioso llamado. La pieza era amplia, muy alta, con los morillos picados por las termitas y musgo creciendo en las ranuras, se adivinaban las goteras que marcaban su paso por las paredes, llenándolas de moho. Esa maldita humedad que todo lo invadía.

A pesar de ese terrible olor, me dispuse a acostarme, ya en un estado somnoliento. Al mirar hacia el techo, lo vi sentado en uno de esos morillos, viéndome fijamente con sus ojos claros, imperturbable, vestido con los mismos pantalones color verde del día en que lo vi por primera vez.

– ¿Qué haces aquí? – La voz no logró salir de mi garganta.

– ¿Qué haces aquí? – Repetí.

Él, con su aspecto infantil, seguía sentado en la misma posición, con su mirada transparente clavada en mí.

El olor a humedad era intolerable, empezaba a faltarme el aire y sentí la sangre escurriendo por mi nariz. Él bajó de un salto, se asió de mi cuello y empezó a apretar, cada vez más fuerte, más, hasta que toda la habitación se llenó de un verduzco halo y ya no pude pronunciar su nombre.

-Laura Escobar Colmenares

¿Miedo?

No sé cuándo conocí al miedo, seguramente fue en la oscuridad, en aquello desconocido que rodeaba los bordes de mi cama y contenía todos los peligros del mundo.

Podría decirse que toda la vida le he temido a «lo desconocido»; me daba miedo ese momento en el que apagaba la luz y tenía que caminar, correr, saltar unos metros hasta mi cama, no era terror a la oscuridad sino lo que se ocultaba en ella, a lo que podría pasar en esos segundos de angustia.

Cuando una crece, los miedos se hacen más abstractos y más letales; crecieron en mí el miedo a que mis padres se separaran, por ejemplo, porque no sabía qué fantasmas salen de un divorcio. Un día, también, apareció el terror a la muerte, no propia sino de mis padres, de mis amigas, de mi hermana; porque no sé cómo es el mundo sin ellos y ellas.

Tengo otro miedo, uno que creo viene desde antes de a «lo desconocido», tengo miedo a equivocarme. A ese temor le dicen «ansiedad», he vivido con ella desde hace mucho tiempo, no somos amigas, ni de cerca, pero nos soportamos. La ansiedad me ha enseñado que puedo temerle a no ser suficiente, a no cumplir expectativas, a no ser nunca la mejor en nada. No hay cura ni certeza suficiente que pueda borrar el pánico, pero una también tiene que abrazar las angustias, o te comen viva.

Me fatiga la existencia adulta, el que mi tarjeta marque cero lejos de la quincena, que se acabe el gas, que las deudas se acumulen, que me corran del trabajo, que los lunares crezcan, que la pandemia nunca se acabe y no vuelva a abrazar a nadie, que esta sea la edad en la que nos quedamos huérfanas; me da temor también a despertar un día y ver que han pasado cinco, diez, quince años y mi existencia es la misma, me da miedo ser mamá, me da miedo no serlo. Estos son más llevaderos, porque se pueden poner debajo del tapete, como la basura.

Un tercer eje del terror, en mi vida, es, a veces, el ser mujer; me encanta ser mujer, pero da miedo serlo en este mundo, tan hecho para los hombres, tan libre para la injusticia. Me da pavor salir y no volver, no ser encontrada, tener a mi madre meses, años, en la búsqueda de una ilusión. Me da miedo el que camina tras de mí, el que me mira, el que maneja un poco lento a un lado mío. Temo a que nunca cambie.

Temores hay muchos, supongo, pero es importante conocerlos, confrontarlos, abrazarlos, escribirlos. Para noviembre les proponemos que escriban sobre lo que tienen miedo, en poemas, en ensayos, en cuentas; a la manera de Mariana Enríquez o a la de Dávila, o a la propia. Estamos cerca del nuevo año, nada mejor que ahora para soltar el miedo o, por lo menos, hacer algo con él. Porque al final, también es nuestro y también es arte.

-Las Sin Sostén.

A través de una voz propia, mes de Arte Afro

«Yo no te daré una voz que es tuya, ni volverás a comunicarte a través de la mía. Recuerda que el mutismo se fue con las cenizas de los falsos estatutos. En este mundo, a diferencia del otro, “somos” porque las palabras son nuestras»

Incendio en la Calle 19, Julia Esquecer

La contemplación demuestra tibieza, es fácil permanecer desde afuera reprimiendo la rabia, es ridículo opinar sin tomar postura o hacerlo a conveniencia. Los espacios se construyen o se toman, no se piden “por favor”. Cuando la historia se empeña en relegar a los sectores que “no sirven” para legitimar la idea del “triunfo del hombre ante sus adversarios”, el mutismo se extiende por generaciones y se manifiesta a través de expresiones, muchas veces no verbales, pero altamente necesarias.

A través de los textos de junio, descolonizaremos nuestra percepción de arte. Construiremos un espacio para hablar de las manifestaciones afro en cada disciplina. Veremos cómo ha influido su eterna lucha por asirse de una identidad, a pesar de la opresión de la historia, en los procesos creativos y de denuncia. Lucha social, espíritu de libertad y capacidad de tomar partido en la construcción del presente, son los parámetros con los que recibiremos sus contribuciones.

Escucharemos las voces emancipadas, a través del arte, porque hemos llegado al momento en el que las ataduras de la historia no son suficientes para propiciar el silencio. “Escucha el sonido que producen tus opiniones, de él ya no depende tu visibilidad”, las creencias se han conjuntado con las proyecciones futuras y en el mapa artístico figuran con mayor fuerza las creaciones afrodescendientes.

Atte: Las Sin Sostén

Sueño onírico

por Elizabeth Martínez Bautista

05 de Abril de 2025

De camino a casa, luego de comprar mis provisiones para la semana y mientras cruzaba a paso rápido el parque Buendía que converge con la avenida Paralela, a esa hora inundada de la luz naranja del atardecer, percibía cómo la vida cotidiana cual incesante rueda seguía su curso habitual con el riesgo inminente de estrellarse ante una realidad anunciada. Y es que desde hace algunas semanas se extiende silencioso, pero mortal y efectivo, un virus desconocido de estructura espigada que se replica lentamente en su hospedero infectado hasta dejarlo sin aliento ni esperanza de vida.

Nadie sabe exactamente cómo se propagó de las máquinas a los humanos, algo hasta ahora nunca antes visto. Como es bien sabido, la voracidad humana por la riqueza no tiene límites y menos aún en las lejanas tierras de Nerún en donde se trafican ilegalmente sistemas informáticos y biológicos. Allí, se intercambian experimentalmente por igual unos con otros, en condiciones insalubres. Se cree que en un sistema aleatorio mal controlado alguna de las tres especies de máquinas portadoras del código malicioso, emitió una señal que se adhirió a los receptores biológicos de un intermediario entre humanos y máquinas generando así el caos al que llamaron BETAvirus-25. Estas impresiones danzaban de forma intermitente en mi mente mientras buscaba apresuradamente las llaves para entrar a mi pequeño piso cerca de la universidad. A esa hora, en otro día, el edificio estaría bullicioso de niños que vuelven de la escuela, mujeres que llegan del trabajo, oficinistas que terminan la jornada y otros que van llegando, poco a poco, y encendiendo las luces. Pero ahora impera la incertidumbre y el riesgo. Sólo los menos afortunados salen a trabajar o a cubrir necesidades apremiantes, impostergables.

Después de cumplir el recién adquirido ritual de lavar minuciosamente el cuerpo, la ropa y los insumos para evitar la infestación, me siento frente a la ventana que da hacia la calle. En mi escritorio está mi pequeña libreta de notas con pasta de flores y papel amarillo. Y escribo sobre esto: cómo es la vida después de despertar al dragón. ¿Quién lo va a detener?

06 de abril de 2025

Y por fin nos alcanzó la inminente realidad. Hoy lunes me desperté temprano como es mi costumbre y mientras preparaba la infusión de hojas de camellia repasé los titulares de los diarios del país. Entramos a la fase crítica de la pandemia por BETAvirus-25. Ahora mismo, todos somos un riesgo para todos y se ha decretado un estado de aislamiento social preventivo. Los casos de contagio van en aumento, como en un videojuego en tiempo real en donde es casi imposible predecir con certeza
hacia dónde irá el sistema-pandemia.


El día transcurrió sin novedad, salvo porque he caído en la cuenta de que tengo vecinos. Una obviedad pasada por alto en tiempos normales, pero ahora evidente porque sólo nos divide una pared que filtra voces, pasos y olores. Diez centímetros de tabique separan a cada quien con sus dramas cotidianos: Isabel que es secretaria, vive al lado con sus dos niños, el taxista de IrisApp que vive arriba con su pareja invisible, Eleuteria con su nieto y los gatos naranja del piso de abajo, Iraís, una enfermera con su hija adolescente en la planta baja. El insomnio se apodera una vez más de mí. Mañana, sin falta, vuelvo a la rutina de correr en la cinta y pedalear fijo. Ahora veo porqué los científicos recurren a los ratones, no somos tan diferentes cuando estamos encerrados. Giramos sobre la misma rueda creyendo avanzar.

15 de abril de 2025

He dejado de escribir algunos días a falta de novedades. El implacable tiempo, escurre lentamente con el sol entre las hendiduras de las losetas del piso, da la vuelta a las macetas-huerto del balcón y cae perezosamente a la avenida desierta. Pero anoche escuché ruidos sordos en el techo, primero como de pasos apresurados en fuga, un cuerpo que se desploma y finalmente un grito ahogado. Luego, el silencio envolvió la madrugada lluviosa.

Por la mañana me he cruzado con la pareja invisible del taxista de IrisApp que vive arriba, y esta vez me ha parecido más encogida que nunca. Es como si tuviera pena de existir, sin voluntad propia, un autómata llevando el cubo de basura. Le he dicho ‘hola’ sin mucho afán porque en estos tiempos de pandemia mientras menos contacto, mejor. Como dice Agabent en Sopa de Nerún, lo que no lograron ni el capital ni los gobiernos, lo hizo un virus: desarticular nuestras relaciones, privarnos de la organización comunitaria. No obstante, el saludo abre una grieta en la conciencia de ambas y mientras caminamos escaleras arriba a distancia prudente y en silencio, me vuelvo a ella para decirle que si necesita algo, me llame. Asiente con medio rostro cubierto por las gafas de sol que a esa hora son innecesarias. Todo está bien…gracias. Me instalé en la caminadora, puse la música y mientras miraba hacia la calle vacía me dije que la delgada línea entre lo normal y lo patológico, es a veces una cuestión de percepción y costumbre.

18 de abril de 2025

En cuarenta y ocho horas la tierra ha girado dos veces sobre su eje, en el laboratorio las bacterias proliferaron generacionalmente cambiando en el proceso, un escritor ha tipeado diez mil caracteres, al feto en gestación le ha brotado un apéndice…y en mi edificio emergió un quilombo de proporciones similares al encierro al que nos obliga la circunstancia natural de un virus que anda suelto y que le puede tocar en suerte a cualquiera, como billete de lotería, pero sin fortuna.

Yo sabía que algo iba a ir mal desde que los jitomates del mini-huerto en mi balcón amanecieron agujereados, y por más que busqué al bicho culpable de los desperfectos no lo hallé. Ni una cochinilla o caracol al que pudiera atribuir el daño. ¡Mala señal! – pensé- y volví a mi escritorio por enésima vez, a ver si por fin en este intento salía algo bueno para presentar como proyecto y que no me hiciera quedar como principiante cuando debería tener pinta de profesional.

En eso estaba cuando la vi venir a ella, la enfermera, con su traje verde y sus bolsas del súper. Traía sus audífonos puestos y caminaba ligeramente vacilante, como si en cualquier momento el peso del trabajo se le fuera a echar encima. Primero diminuta, recortada sobre el marco de mi ventana que coincidía con el principio de la calle cerrada que terminaba justo abajo en su vivienda, luego lentamente fue cobrando forma. Ella es la única que sigue afuera yendo y viniendo en la ciudad, atendiendo los casos que nunca vemos pero que se multiplican por doquier. Todos sabemos, hasta ahora, que el virus se transmite de forma física por fluidos o por contacto indirecto y no hemos sabido que haya otras formas. Es la única persona que sabría qué hacer para salvarnos la vida, pero es también quien carga con el estigma de la responsabilidad de un contagio masivo en el edificio. Ella y el taxista de IrisApp, que no ha dejado de laborar pese a la incertidumbre y el riesgo (como decíamos en la Webinar de epidemiología del año pasado).

Mientras los niños de Isabel escenificaban la audición de una rabieta en el piso de al lado, la hija de la enfermera ha gritado pavorosamente por ayuda desde el acceso del edificio. Salí al balcón mientras terminaba la llamada a la línea de emergencias-BETA, miré hacia abajo y vi a los vecinos que rodeaban a la enfermera que luchaba por recobrar el aliento con el rostro sudoroso y lívido. Un mensaje extenso por WordApp me ha interrumpido la tragedia y, para cuando vuelvo a asomarme, el servicio de salud de su unidad está subiendo el cuerpo con los audífonos todavía puestos. Entre máscaras n-65 y trajes plastificados los veo alejarse a toda velocidad rumbo a un viaje que no tiene regreso.

Después del incidente, todos estamos nerviosos. Los niños de la secretaria se han negado a hacer sus deberes y el asunto ha terminado en un sonsonete constante de reproches de ambas partes: la madre exhausta y ellos aburridos de clases virtuales con recesos intermitentes en la cocina. ¡Así no se puede trabajar, carajo! ¡Así no…! Pues no, tiene razón. Así no se puede dormir, ni vivir, ni leer, ni postular la mecánica clásica…Newton no cuidaba niños mientras la peste.

Intento dormir escuchando la conversación de la chica invisible que pide ayuda, en voz alta, para localizar a su novio taxista y golpeador que lleva dos días sin amenazar con matarla. Y eso le preocupa. Empiezo a analizar que la enfermera se veía bastante saludable cuando salió esta mañana, y que ha sido muy extraño que se desplomara sin más síntomas precedentes que la ligera deriva al caminar.

Mañana tengo que salir forzosamente hacia el poniente de la ciudad para recoger los papeles que los Buquett tienen para mí y que no se pueden enviar por paquetería por ser confidenciales. Hay que rodear las colonias vulnerables de la ciudad, en donde vivir o morir es cuestión de suerte. Ya no hay esperanza desde antes de la pandemia. Allí grabaron las escenas de Génesis (una cinta post apocalíptica anticapitalista) porque el set ya estaba puesto desde hacía décadas.

20 de abril de 2025

“El día que hacía era estupendo/Para tumbarse mirando al cielo/ Y verte caer poco a poco riendo/ En un aladelta de muchos colores/hasta tocar el suelo…” cantaba Sadness en mi cabeza mientras hacía un día estupendo aquí en Ciudad Independiente. Montada en una Fulland roja, ayer crucé fugaz las avenidas que conectan con la Gran Vía que rodea la ciudad y agiliza el tráfico. Frente a mí, los volcanes nítidos se dibujaban sobre un fondo azul brillante y cuando giré al sur, el Pico del Halcón sobresalió árido en la cima.

Atrás quedaron las demarcaciones de la Joya, lugares donde la vida no ha sufrido cambio desde el anuncio de la pandemia. A esa hora de la mañana, vi a la gente que comenzaba a hurgar en el inmenso basurero a cielo abierto, los ciudadanos del distrito vecino se agolpaban en la estación Odisea cual hormigas hacinadas y furiosas haciéndose un lugar en el convoy que se dirige al corazón de la ciudad. En el camellón central, los hombres del barrio ejercitan sus músculos cobrizos estirando sus tatuajes sobre las barras y planchas improvisadas. Porque medirse y moverse ágilmente no sólo alimenta el ego, también a la familia cuando hay un jale… Allí no hay virus que haga mella en la hoja destellante, que igual corta las frutas, que los hilos de la frágil existencia.

En la avenida Budapest, las casas con fachadas art deco y sus arboledas extensas, los cafés bohemios, las parrillas, las fuentes, los parques y toda la opulencia y el buen gusto seguían en su lugar. Desértica la zona, pero en pie. Muy pocos paseantes con los perros y sus bolsas con el pan cotidiano, el té matcha y los quesos, desafiaban la prohibición alegando que iban por los insumos necesarios para sobrevivir al encierro entre yoga, libros, música y escritos. Mientras tanto, en el número 525, al lado del Café Barroco ahora cerrado, recogí con el portero el sobre amarillo rotulado en manuscrito azul. Los Buquett son afortunados de tiempo completo tanto en el laboratorio de la universidad como en su casa.

El viaje ha sido como un escape fantástico del desorden que se vive con los vecinos. No es que esté mal, es que a estas alturas del encierro cualquier cosa se amplifica. Como el caso del piso de la enfermera, que los servicios sanitarios pusieron de cabeza y dejaron un rastro de olor imposible de describir. Aunado a que va y viene la familia, decidiendo quién se quedará con la hija. Al final, me he enterado que mañana vendrá el papá a llevarla con él. ¿Quién será? Nunca lo he visto por aquí.

Cuando llegué, Isabel estaba en la puerta de mi departamento con los niños y el gato. Se le notaba acongojada y nerviosa. Me ha dicho que no tiene con quién dejarlos mientras visita a su madre, que ha tenido un episodio de ansiedad en su piso del otro lado de la ciudad. Sólo serán dos días. Como no hay opción me quedo con los tres.

El gato me miraba curioso con sus ojos de cristal gris mientras abría el sobre amarillo. Sus paws amasaban mi barriga mientras nos sentamos aquí al fresco de la tarde entre las macetas del balcón. Como los niños nos habían dado una tregua quedándose dormidos frente a su clase virtual, me dispuse a leer el documento, todavía un borrador inédito, que se titulaba Sobre la nueva forma de transmisión del BETAvirus-25.

21 de abril de 2025

Ahora ha quedado claro para mí la repentina afección de la enfermera. Lo que empezó en Nerún como una consecuencia natural de la convivencia entre la inteligencia artificial y los sistemas biológicos ha podido ser decodificado y manipulado. Los científicos del TYM han podido transformar las proteínas en una estructura musical que captura los efectos del virus cuando impactan en el oído
humano y llegan al cerebro logrando así infectar a los receptores celulares del hospedero.

El soundtrack de prueba se ha distribuido aleatoriamente en cinco puntos del planeta para un experimento en vivo: cuando pones la música relajante lo que escuchas es un patrón de sonificación que despliega frecuencias que alteran el sistema inmunológico, el cual responde y replica el virus tal como sucediera si lo hubieras adquirido físicamente. En el sobre venía el programa de prueba que logra detectar la extensión del código malicioso e impide abrir el archivo. Me lo han regalado, y con ello me parece, una oportunidad de evadir un final fatal.

Los chicos despertaron por allí cerca del medio día, el gato fue más madrugador y exigió a primera hora su tazón de croquetas con la amenaza de maullar hasta ponernos más nerviosos. Mientras tomaba el café de la mañana, revisé los diarios cuyos titulares mencionaban contagios masivos inexplicables y fallas multiorgánicas en personas que estaban sanas unas horas antes. Las imágenes son aterradoras: gente abandonada en la calle, ancianos que yacen solos en sus casas, hombres y mujeres abatidos por el virus.

Llamé por la mañana a los Buquett pero no hubo respuesta, más tarde un amigo me llamó diciendo que irrumpieron en su casa llevándoselos con rumbo desconocido. Supe lo que tenía que hacer en ese momento: salí a la cabina pública en donde por un águila (moneda oficial) te dan acceso a la red y, desde una cuenta anónima, adjunté los archivos enviándolos a mis contactos y pidiéndoles que
distribuyan el programa antivirus entre los suyos antes de que empiecen a comercializarlo. Cuando regresé, los chicos estaban hambrientos y aburridos por lo que no hubo más remedio que comer y explicarles que estudiar en línea es un privilegio en este país donde pocos tienen acceso a un dispositivo con red. Aunque me acordé que hacía unas semanas La Revista, un diario internacional, había publicado que sólo los pobres y los tontos estudian a distancia. Por supuesto, los que opinan viven en ValleyCity y tampoco saben mucho del mundo.

El alboroto del piso de abajo distrajo mis meditaciones sobre la educación cuando escuché que la hija de la enfermera conversaba con una voz masculina. Debe ser su padre, pensé, y me asomé al balcón a ver qué pasaba. Ustedes dirán que soy muy entrometida, pero en este encierro, los balcones del mundo se han convertido en las ventanas desde donde interpretamos y accedemos al mundo, casi como un marco teórico, excepto porque no hay metodología que los justifique. Y así los vi irse, ella con la pena de no ver a su madre y él con la pena de ser padre por primera vez desde hace doce años. Aprenderá a paternar porque este virus vino a poner el mundo de cabeza, a reinventar la forma de relacionarnos, a ser otros. Desde mi marcobalcón pensé que eso, al menos, así sucedería.

23 de abril de 2025

Isabel no ha vuelto y tampoco responde las llamadas. Las provisiones que compré hace tres semanas se nos están terminando y la comida del gato también. ¿Qué voy a hacer ahora con dos niños y un gato? La situación no pinta bien porque hace tres semanas que renuncié al trabajo en la oficina y la cuarentena fue anunciada por un mes, pero hoy un comunicado oficial la hace efectiva por varias semanas más. No nos alcanzarán para mucho tiempo los insumos.

En eso iba pensando al bajar la basura al contenedor cuando encontré a Marcia, la chica invisible del taxista, convertida en una mujer que se hace presente. Venía caminando con Isabel y se veían extrañamente animadas, como si un peso se les hubiera ido de encima. Entre la pandemia tenían el valor de sonreír y yo quería saber por qué. Quizá por eso las invité a pasar a mi pequeño piso.

Mientras cocinamos me cuentan que Heberto les ha traído en el IrisApp, pero que extrañamente se ha desplomado fatalmente al llegar a nuestra calle. Traía los audífonos puestos y se veía bien, me aseguran, pero de todos modos ha sido abatido por el virus. Le han dejado en el auto por temor al contagio ya que de todos modos no se podía hacer nada por él. Ni antes ni después, me digo para mí.

De pronto nos damos cuenta que en realidad no estamos solas, nos tenemos a nosotras si permanecemos juntas apoyándonos, si nos cuidamos unas a otras podremos salir de esta. ¿Y si nos organizamos? – dice de pronto Marcia-. Si de repente un día alguien hace la comida, otra cuida a los niños y alguien más trabaja desde casa los días no pasarán en vano. Ha sido la mejor idea que he escuchado-me digo para mí- mientras riego los jitomates y ordeno los cojines de la sala. Y mientras escribo esto, también sigo pensándolo. El gato ronronea al ritmo de la tetera vintage donde empieza a desbordarse el té de salvias que he guardado desde el verano.

05 de abril de 2020

¡Qué sueño tan raro y extenso tuve anoche! Soñé que escribía un diario sobre una pandemia y una distopía. Hoy venía caminando por el parque Buendía, el que da directo a la avenida Paralela, y me pareció que ya había vivido la misma tarde luminosa del día que despertaron al dragón y no hubo poder humano para detenerlo, lo bueno es que sólo fue un sueño…

Caja musical

Mi abuela tenía una vieja caja musical. El roble oscuro había perecido, poco a poco, ante el paso del tiempo. El barniz que la recubría era casi inexistente, en sus bordes se asomaban grietas y, en su interior, la bailarina, que se movía al son de la música, había perdido sus colores. Podría tener más de sesenta años, pero su sonido seguía siendo igual de melodioso. Cada nota de Moonlight Sonata inundaba la habitación con sentimientos de nostalgia y tristeza.

Recuerdo que, durante las tardes de invierno, veía a la abuela observar aquella caja fijamente, unas veces escuchando su triste melodía, otras contemplándola en silencio. Siempre fui una criatura curiosa, así que yo me dedicaba a observarla con la misma dedicación que ella observaba su caja, preguntándome cómo era posible que aquella anciana de mirada melancólica fuera la misma persona sonriente de las fotos que adornaban las paredes.

Su cabello, que en un tiempo había sido largo y hermoso, casi había desaparecido, era mejor así, hacía mucho que ni siquiera se molestaba en cepillarlo. Tampoco quería cambiarse de ropa, a decir verdad, no recuerdo haberla visto más que con los mismos tres suéteres deslavados, su falda larga y sus feos zapatos. De no ser por mi madre, que la obligaba a levantarse y darse una ducha de cuando en cuando, creo que no se habría levantado de la cama nunca.

Pese a los esfuerzos de mi madre, la abuela no hacía más que sentarse en el sofá con su caja musical. Su mirada gris se perdía en la nada; de vez en cuando, de sus ojos salían lágrimas que escurrían debajo de sus anteojos y se desbordaban surcando su mejilla llena de arrugas. De su boca se escapaba un sollozo y, cuando cubría sus ojos con sus delgadas manos temblorosas, yo me acercaba a ella, intentando consolarle, fuese cual fuese su preocupación. Intentaba calmarse y me decía que todo estaba bien, pero yo sabía que no lo estaba. 

El proceso se repetía todos los días, ella observando su caja musical y yo a ella atentamente. Parecía que la vida se le escapaba con cada sollozo, cada cabello blanco que abandonaba su cabeza, cada diente que dejaba su boca, cada nueva arruga. Lo que ignoraba en ese momento era que la vida la había abandonado hace ya mucho tiempo.

Mi abuela supo que se había enamorado a los dieciocho años. Lo descubrí en un cuaderno de páginas amarillas, cuando yo tenía esa misma edad, mientras husmeaba entre las cosas viejas que guardaba celosamente en su armario. Cuando comencé a leer la historia que abarcaba la totalidad de sus páginas, tardé un tiempo entender que aquello era un diario.

Había conocido al misterioso L.R. desde que ambos eran niños. La amistad entre sus familias los había hecho crecer juntos. El amor surgió poco a poco, a pasos lentos, sin esperarlo, entre la inocencia de la infancia y la vivacidad juvenil. Los juegos fueron reemplazados por besos y caricias a espaldas de los otros. Era el tipo de cosas que había que guardarse en secreto, el pudor, el recato, la imagen de una señorita ante la sociedad eran lo más importante.

La caja musical fue un regalo de su amante. Se la entregó en su cumpleaños número diecinueve, junto a la promesa de que, en el futuro, de alguna manera, estarían juntos. Pero nada sucedería así, como buena hija, unos meses después tuvo que casarse a conveniencia de su padre. No podía quejarse de la elección, más allá de su personalidad taciturna y los arrebatos de ira incontrolables, tenía un buen marido a su lado. 

La vida intentó continuar normalmente, si es que la normalidad alguna vez había existido. El matrimonio tuvo cuatro hijos y no tardó en adaptarse a la monotonía de la vida conyugal. Aunque, entre los jóvenes, un romance clandestino seguía su curso ininterrumpido. En su interior, la esperanza de romper el silencio y cumplir la promesa que se habían hecho, aunque fuera en un futuro muy lejano, estuvo siempre latente.

L.R. evitó casarse hasta donde le fue posible, manteniéndose fiel, cerca de ella. El secreto permaneció oculto en las sombras, asomándose de cuando en cuando entre las miradas fortuitas, las manos entrelazadas debajo de la mesa, las caricias sutiles y los besos a escondidas. La antigua amistad justificaba las visitas constantes, las muestras de afecto en público y la correspondencia continua.

Aquello que se guarda en las profundidades encuentra su camino a la superficie tarde o temprano. Fue mi abuelo quién descubrió la traición con sus propios ojos. Sorprendentemente no reaccionó con violencia, debió entender que los problemas que este tipo debían resolverse desde su raíz. Unió sus fuerzas con la familia de L.R.

Mi abuela fue forzada a alejarse, a olvidar completamente a su amante, seguir adelante, continuar con la monotonía de la vida, cuidar de sus hijos, condenada a callar… a no mencionar ni una sola palabra a nadie, para así mantener la honra de su familia, de su marido, de ella misma.

El misterioso L.R.…

él …

mejor dicho, ella… no pudo soportarlo. No soportó los golpes de su padre intentando cambiar lo que era. No soportó el desprecio de su madre, que dejó de verla como la hija cariñosa que siempre había sido y comenzó a mirarla como si fuera una aberración. No soportó ver la decepción en los ojos de sus hermanos, que parecían haberse olvidado de los años de juegos y complicidades, viéndola como a un completo extraño. 

Terminó por saltar al río en pleno invierno, sin dar explicaciones a nadie, y sin que estas fueran necesarias. Por si fuera poco, su familia se empeñó en borrar su nombre por completo, como si ella nunca hubiera existido. Como si el pecado que había cometido fuera más grande que cualquier rastro de amor que alguna vez pudieron tener hacia ella. 

Pero no sería así de fácil borrarla de los pensamientos de mi abuela, que nunca volvió a ser la misma. Ni siquiera la pequeña felicidad que le trajo ver a sus hijos crecer pudo llenar ese agujero en el pecho, que cada día se hacía más grande, consumiéndole la vida, llevándose sus años. 

El mundo entonces era diferente, no estaba listo para un amor como el suyo, condenado a quedarse en el silencio. 

Cuando supe todo esto, mi abuela ya había dejado este plano. La sonata de Mozart dentro de esa caja musical realmente encerraba una historia trágica.

-Maritza Alexandra Rodríguez Acevedo

Las simples cosas

Por Arely Cadena

Abril 10 

La mente es engañosa, se mueve entre tiempos no lineales: le da lo mismo el pasado y el futuro. Por eso es difícil estar en el presente. Hoy fue un día frustrante por el trabajo en casa: hay más regaños, más distracciones, más anhelos y menos comprensión. ¡El día se me hizo eterno! Recordé que mi mamá mide el tiempo por los años que sus muertos llevan en ese estado, es una forma un poco rara de ver el tiempo, pero creo que, desde el aislamiento, la voy comprendiendo. Sólo entiendo el paso de los días a través de la cantidad de infectados… y a través del aumento de mi depresión. Cuando creo que no puedo ir más abajo, ¡pum! Caigo y sigo cayendo. 

Lo único que me sigue ayudando a superar los días es la sonrisa de mi abuela en el balcón de enfrente. Y hoy tuvimos un momento muy especial: salí a mi balcón a sentir el aire y, de repente, comencé a llorar. En esas estaba cuando, detrás de mis lágrimas, vi a mi abuela, entre sus plantas. Me miraba preocupada, pero pronto sonreí y nos sonreímos. Nos miramos durante un tiempo, mientras mi alma se llenaba de paz. De entre la oscuridad, un poco de luz. 

Ay qué mal que estoy, hace ya un tiempo las cosas no andan bien. Me tiro en la cama, no puedo estar de pie. Vámonos a caminar, vámonos al mar… 

Tengo la canción de iLe, que suena y suena a todas horas en mi casa, y es justo así como me he sentido este último mes. 

Abril 11 

Hoy tuve esa sensación de nuevo, la de estar esperando algo de alguien que nunca me prometió nada: y no con alguien en especial, sino con todos, incluso conmigo misma. He estado cuestionándome muchas cosas, ¿será que algún día logré que las cosas que haga, las personas que elija para convivir, me llenen completamente? Porque sólo siento vacío, inmenso e infinito, más en esta soledad. Mi mente tiene una imaginación muy poderosa, siempre creyendo que todo va a cambiar, pero nunca me ayuda a ver la realidad. 

¡Aaaah! Y hace rato, antes de ponerme a escribir, vi unas luces en el cerro, que se prendían y apagaban. Me puse a imaginar qué hubiera sido de mi vida si hubiera continuado con la idea de ser. Ahora mismo me imagino rescatando a personas y creo que eso me haría más feliz que lo que ahora hago. 

Abril 12 

Por fin me llamó el Ingeniero Rodríguez. ¡El corazón me latió como no lo había hecho en días! Lo que yo quería que me dijera, puuuues… Pues bueno, me dijo lo contrario: el puesto de supervisora será de Yuridia. ¡Me faltó tiempo para demostrarles que podía hacerlo mejor! O quizá, aunque me preparé, no estoy lista para esto. 

Hoy no vi a mi abuela, sólo a sus plantas. Seguramente tampoco se sentía con ganas de saber nada del mundo. Recuerdo aquella vez que estuvo en el hospital: me platicó historias increíbles, crudas y reales, que me permitieron conocer un lado que no sabía que tenía. Recuerdo que me dijo que éramos mujeres de distintos tiempos, soportando los mismos demonios, pero con las herramientas de nuestra época y que lo único que teníamos en común era la resistencia. Y ese recuerdo me reconforta, ¡tenemos que resistir! El encierro y el trabajo me consumen, ya no sé quién soy ni por qué hago lo que hago. Pero, ¡resistencia! 

Abril 13 

Las luces en el cerro están ahí de nuevo, las siento como un déjà vu. Quizá deseo salvar vidas y es un llamado… Sí, he visto demasiadas películas. 

Hoy fue el cumpleaños de mi hermano y decidimos hacer una videollamada, como una clase de fiesta. Fue breve y muy distinta a lo acostumbrado. Al parecer todos se encuentran bien y realmente el extraño. 

Me está entrando un miedo raro: la abuela no se volvió a asomar hoy y no contestó el teléfono. El trabajo me consume tanto que hasta ahora recordé que la iba a llamar. Lo haré mañana. 

Abril 14 

Dolor, eres mi eterno compañero, eres mi amigo y mi enemigo; eres la cruz de mi sendero. Brindarle al mundo mi sonrisa, si llevo el llanto en cada risa… 

iLe de nuevo, creo que tiene canciones que me llegan en estos momentos. 

Con mi abuela en el edificio de enfrente, mis padres dos calles abajo y mis hermanos en colonias vecinas, la soledad debería ser imposible… ¡Pero es posible! Hoy no trabajé, la depresión me mantuvo en la cama porque, no sé Yuridia, pero yo había trabajado por ese puesto y, aunque estoy feliz por ella, creo que la envidia es inevitable, aunque en verdad, ¡trato de evitarla! Aunque no me quieran de supervisora, soy parte esencial y vital del equipo. Al menos así lo siento, pero ya no más. 

Hace rato salí a tomarme mi té al balcón y vi a mi abuela. Adormilada, con el viento de la noche, con la luz de las estrellas. Ella, sin duda, es el faro en este océano. 

Y ahora mismo, las luces en el cerro están de nuevo ahí. Se confunden con las estrellas, pero ahora sólo hay una luz prendida, cuando los otros días eran más. 

Recuerdo cuando me perdí en el cerro, la vida real entonces lucía tan lejana…

Abril 15

En este momento está pasando algo extraño. 

Hace rato volví a salir de noche al balcón, no estaba la abuela y de nuevo las luces en el cerro, y una realidad cayó sobre mí. Tuve que mirar y mirar y mirar. Saqué un cuaderno, las luces eran código Morse. Descifré el mensaje y decía: s o s p e r d i d o s o l u c i l u i s a n a r e n e. Y la memoria que había olvidado quién sabe dónde, vino a mí. 

Cuando tenía diez y seis años, mi madre me dejó salir de paseo con unas amigas: Luisa, Ana y Rocío. Luisa y Rocío tenían diez y ocho, yo y Ana la misma edad, por lo que mi madre no quería, pero logré convencerla. Subimos al cerro, el mismo cerro con las luces. Todo iba bien hasta que la oscuridad cayó sobre nuestra nula atención al subir y nos perdimos. Prendíamos las linternas, que Rocío había llevado por pura casualidad, cada que la oscuridad llegaba. Comíamos manzanas de un árbol cercano, y cada día avanzábamos hacia abajo, pero pronto los árboles cerraban los caminos y de nuevo, las luces en la noche. Fue casi una semana, y las pilas se iban acabando. Con la última linterna, Ana decidió utilizar el código Morse, que en ese entonces yo desconocía. Y en realidad no estoy muy segura de lo que ella envió en ese tiempo, pero ¿Es pura casualidad o qué? ¿Es mi imaginación? 

Marqué a casa de mi madre, por puro instinto, creyendo que al oír su voz despertaría de un sueño. Mi madre contestó, pero su voz era de un tiempo en que la vejez no se había apoderado de ella. 

Me preguntó que quién hablaba. ¡Lo juro que lo hizo! Tenía la voz quebrada, ¡traía la esperanza en la garganta! ¿Acaso fue real? Le dije que si estaba buscando a su hija, y dijo que sí… 

Yo soy su única hija, ¿¡Cómo es posible!? Le dije que había unas luces en el cerro y que esas luces eran código Morse, le conté lo que decían las luces y le dije que tenía que llamar a la policía. Ella no dudó de mí ni un segundo, me agradeció, sus lágrimas se escurrían, se escuchaba a través del teléfono. Iba a cortar cuando le dije: «Señora, no olvide las cosas simples, desgracias suceden, a las cosas simples las devora el tiempo». 

Agradeció y colgó. Esa frase me la dijo mi madre cuando, luego de que nos rescataran, ella llegara al hospital y me abrazara. Luego descubrimos que era la letra de una canción, que no tenía ningún sentido en ese momento, pero esa canción… ¡Y hasta ahora lo recuerdo! ¡No entiendo nada de lo que pasó y de lo que sigue pasando! ¡Porque las luces sigan repitiendo el mensaje! Supongo que me quedaré a ver el rescate. 

Abril 17 

Ay qué mal que estoy, hace ya un tiempo las cosas no andan bien. Me tiro en la cama, no puedo estar de pie… 

¡Me regañaron! Juran se verá reflejado en mi nómina. En realidad no importa mucho, por la depresión gasto menos: no salgo más que para comprar poco comida. Ni amigos, ni fiestas, ni pedas. También, quizá llevada por la locura de los últimos días y la depresión, le reclamé hoy a Amelia su falsa amistad. En realidad, hice lo que sé hacer mejor… huir de la gente. Le mandé un mensaje y la bloqueé de Whatsapp y Facebook. Creo que hay cosas que tengo que cambiar. 

Abril 19 

Mi mente, en estos momentos está delirando… 

Ayer, a las tres de la tarde, cuando me volvía a conectar después de la comida, miré al balcón de enfrente y vi a mi abuela, mirando hacia la calle. Se veía débil, delgada y pálida, me asusté un poco. Pronto sintió mi mirada y cuando me vio me sonrió, tan enormemente, que yo casi lloraba, porque esa sonrisa, de oreja a oreja, es lo más hermoso de la abuela. Y volví a concentrarme en la computadora, cuando de repente la sonrisa de la abuela se me apareció en una imagen en la memoria, como un flashback, en un funeral. Me asusté tanto que volteé rápidamente a su balcón. 

En su balcón las macetas habían desaparecido y solo había una silla blanca de plástico. Salí rápidamente, ¿qué les había pasado a las plantas, a la abuela? Me apresuré a llamar a casa de mi abuela, el teléfono no sonó, sino que la grabadora me respondió que el número que yo marcaba era incorrecto. Y mientras escuchaba eso miraba el balcón de enfrente. Un joven, como de treinta años, salía a sentarse en la silla. No lo conocía. 

Y me di cuenta que tampoco conocía a mi memoria, que de repente y cruelmente me recordó que mi abuela había muerto hacía un mes y medio, justo antes de la cuarentena. Quizá por el trabajo, quizá por la cuarentena o quizá por ambas; borré un suceso, el más doloroso hasta ahora en mi vida. No he estado bien estos días y ahora lo entiendo, era demasiado combinar estrés, encierro y duelo. No sólo olvidé eso, sino que la imaginaba viva. ¡Vi imágenes que no estaban ahí! Necesitaba una esperanza… ella. 

¿Ahora qué haré? 

Abril 22 

Lo decía Jaime Sabines, la vida es lo único que sigue, aunque me alegra saber que hay un tiempo en el que mi abuela me cuenta historias en el hospital, días antes de morir. Sé que hay un tiempo en el que yo me siento viva. Un tiempo en el que yo ya pasé por el encierro y miró atrás, solo para aprender de eso. 

Por ahora solo pienso en la abuela. Resistencia… 

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas… Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas. Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón. Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas y a las cosas simples las devora el tiempo. 

Ahora es Chavela Vargas quien canta mis delirios, es la canción de donde saqué la frase que le dije a mi madre la otra vez, hace unos días o hace unos años, no lo sabría decir… 

La mente es engañosa, se mueve entre tiempos no lineales: le dan lo mismo el pasado y el futuro. Y es tan complicado este presente, el encierro me ha provocado estos sucesos tan extraños, yo solo quiero que esto termine. e he estado cuestionando muchas cosas de la vida, de mi vida, de mí. ¿Qué es real y qué me he estado inventado? Supongo que aprovecharé este tiempo para darme muchas respuestas. 

Mañana empezaré a trabajar de 8 a 9 de la noche, lo haré así por cinco días, para pagar las horas que no he trabajado en esta cuarentena. Pero está bien, ahora voy a tratar de hacer las cosas bien, porque lo vi en los ojos de mi abuela, pronto pasará todo esto. 

Porque ella me lo dijo alguna vez, ¡resistencia! Así que, resiste…

Al leer las estaciones

Viven conmigo, los vi muchas veces, otras ya no. Un día me puse de rodillas sobre la arena, volteada hacia la calle descubrí, en el asfalto. unas flores pequeñitas, casi iguales a la manzanilla, que olían a pasto. Acerqué la nariz, no tenían nada especial, olían a todos los parques y jardines de mi vida, no más.

Con las rodillas afectadas por la arenilla, fui hasta la mesa, había claveles y rosas, olían a boda y funeral, como todas las novias y abuelos a la vez. Ahí descubrí que las flores se transforman en la boca, hacen cosquillas, como aleteo de mosquito en los labios y antes de llegar a ellos, pero en la lengua explotan con un sabor amargo.

Dejé de verles involuntariamente, de un día para otro seguían ahí, pero no sabía dónde. Memoricé la casa después de eso, no me quedaba de otra. Con el tiempo se me hizo costumbre salir al patio a leer las estaciones. Ahora no pasa un día en el que no me acueste frente a la buganvilia a extenderle los brazos, para que me tome de las manos y cuente las mismas historias.

No me había atraído antes, prefería la lavanda y el hibisco. Hasta que todos se me borraron, entendí que la única que me escuchaba era ella. Empezó enmarañando mi cabello cada que pasaba cerca, ambas nos reíamos, pero seguía de largo. Luego decidí tumbarme a su lado dos o tres veces por semana, remolía con los dedos los tallos de las florecitas que caían en mi falda hasta humedecer mis manos.

Fui de a poco, le hablé sobre mi color favorito, lo que me gustaba hacer estando sola, solté algunos secretos claros, luego los oscuros, ella también lo hizo. Cuando el viento sustituyó al sol acordamos vernos más seguido para “congelar” la primavera. Hacía una jarra entera de chocolate y la compartíamos a media tarde, al despedirme se apretaba a mis suéteres o se enredaba en mi bufanda, quería más tiempo de mí, yo no quería irme.

De pronto, me sorprendí dejando abierto el balcón a pesar del frío. A veces despertaba con flores suyas en mi edredón, lo que me decía que había despertado antes que yo. Mis atenciones se limitaban a proveerle agua y chocolate; hasta que una mañana, bajé mucho antes de lo acordado, soñé que era ella quien venía conmigo. Me paré de frente, tomé una de sus flores, la acerqué a mí, el aroma me circuló entre la nariz y boca, cerré los ojos a una oscuridad más profunda que la acostumbrada, conocí su rostro al fin, el mismo que veo cada tarde cuando toma mis manos entre las suyas.

Julia Esquecer

Intervención para una belleza sin retorno

Ya que en este mes se requiere hablar sobre el cuerpo femenino, me sorprendí buscando en el mío alguna parte interesante sobre la cual hablar. Tras las cenas familiares y los atracones decembrinos, mi cuerpo se deformó lo suficiente como para no dejarme explorar otras zonas sin tener que regresar a observar la grasita salvavidezca con la que tuvo a bien revestirse mi cintura. Sé que pude tomar algún atributo para hablar de él, pero debido a las circunstancias me fue imposible. En la primera madrugada del año no busqué dietas ni consejos para adelgazar, busqué un cuento a la medida, así que probé muchos que no me calzaban del todo o no se acomodaban a mi estilo hasta que encontrar el ideal.

La autora es Carmen Maria Machado, una escritora y crítica literaria estadounidense, nacida justo el mismo día y mes que yo, pero diez años antes (3/07/86). Es de ascendencia cubana, por lo que algunos críticos resaltan la influencia que tiene de la tradición oral latinoamericana. En Su cuerpo y otras fiestas (2017), antología de cuentos, transita entre lo fantástico, lo extraño y lo cienciaficcional; da voz a distintas mujeres con inquietudes y deseos aún más variados entre sí; abundan las relaciones lésbicas, que tienen un saborcito accidental a textos de Rábago Palafox; así como las analogías a problemas alimenticios y conflictos internos motivados por terceros.

En “Ocho bocados”, una mujer entrega su cuerpo a una intervención para bajar de peso definitivamente y sin posibilidad de rebote. Supongo que cualquiera, como yo, que tenga luchas constantes contra el sobrepeso y malos hábitos, al ver que todo el mundo se acerca cada vez más a los cánones de belleza, se presiona y desea la solución más rápida y definitiva. De un tiempo para acá las intervenciones estéticas han saltado de la caja de los temas tabú para ocupar un lugar en las conversaciones diarias y propósitos de año nuevo. ¿Hasta dónde se permite idealizar el propio cuerpo del pasado para desear recuperarlo?  ¿Qué tan molesta debe ser la panza para verla como enemiga? ¿Somos honestas cuando decimos que perseguimos por salud la delgadez?

Según la madre de la protagonista, ocho bocados son suficientes para desaparecer el hambre y “elogiar a la anfitriona”. Siendo honesta, nunca he comido poco, así que comprendo a la mujer que decide que la fuerza de voluntad no le basta, que la intervención quirúrgica es su único transporte hacia la belleza. Ella extraña el abdomen previo a su único embarazo, se culpa por anhelar el pasado, sus hermanas que ya se han iniciado en la secta del bisturí la apoyan, hace su última cena, se prepara para el sacrificio, la duermen en el quirófano, despierta con el mismo cuerpo mas no la misma esencia. Con el paso de los días se acostumbra a su nueva vida, dichosa ella. Luego descubre que alguien más habita la casa ¿a dónde se van las partes de las que nos desprendemos?

Yo nunca he pretendido adelgazar por salud, tampoco por falta de amor, sólo es un capricho… Cuando la roomie se materializa, la protagonista ve que es una chiquilla pequeña con mucho miedo. Consulta a sus hermanas, ellas también adoptaron sin querer a una roomie  tras la intervención, cada una con personalidad diferente de acuerdo con los motivos y resultados de ésta. Carmen muestra cómo nunca terminamos de desprendernos de lo que nos arrancamos, la esencia permanece ahí, aunque sólo en el cuento se materializa. Si mis motivos para unirme a la secta del bisturí son caprichosos, ¿tendría qué luchar contra la niña berrinchuda que alguna vez fui?

El cuento, además de hablar de la belleza y las decisiones definitivas, hace zoom en las relaciones entre mujeres, en aquellos problemitas en los que nos envolvemos algunas y la forma en que los afrontamos. Claro que el objetivo principal no es disuadirnos del quirófano, sino que meditemos sobre el trato que le damos a nuestro cuerpo y cómo decidimos sobre él. Por lo pronto miraré con recelo la casi infantil «talla M», mientras obligo a mi cintura acolchonada a ser sexy en lencería y trajes de baño «talla G» o ¿«XG»?

 Ámense, cuídense, no se presionen.

Vainilla